CapÃtulo uno: Un arroyo y una cueva
Aryma
Estaba agitada, tanto que no podÃa permitirme siquiera gastar un solo respiro en mirar hacia atrás. Ya era costumbre correr y que las pequeñas ramas se enlazaran justo en mis tobillos, pero cada paso que daba me costaba más. El bosque comenzaba a rasguñarme los brazos y la sangre salÃa a borbotones de mis pómulos lastimados. El viento suspiraba a mi favor, pero también al de ellos.
Eché una mirada rápida a mi alrededor y, entre pinos y arbustos secos, divisé un hueco entre troncos difÃcil de atravesar. Me metÃ.
—¡Que alguien sujete a esa bestia! ¡Que arda en el fuego!
OÃa esos gritos feroces cada vez más lejos, pero el miedo y el frÃo recorrÃa todos mis huesos. Sin embargo, no miré atrás: pude divisar el comienzo de un arroyo repleto de agua blanca y el reflejo del sol en ella. Nunca lo habÃa visto, nunca habÃa llegado tan lejos, pero corrà hacia este. Tomé una bocanada de aire y me permità ver hacia atrás. No habÃa nadie entre medio de los árboles secos que habÃa dejado el invierno de Agua, los habÃa perdido.
Seguà corriendo hasta que sentà que el corazón me desgarraba el pecho. Estaba preparada para llevar el pulso de todo mi cuerpo hasta que me ardan las venas, pero me quemaba por dentro y se me entumecÃa cada dedo de los pies. Llegué al arroyo y bajé la velocidad. Estaba agotada, cada rasguño que me habÃa quedado eran mil agujas entrando en mi piel pálida.
Tomé aire y me dejé caer al lado del agua. La toqué con la punta de mis dedos y sumergà ambas manos, estaba caliente en el medio del frÃo paralizador. Ya no sabÃa diferenciar si me encontraba abrumada por el cansancio o por el paisaje que se levantaba a mi alrededor. Estaba segura de que no existÃa una mezcla de verdes y celestes tan hermosa como la que estaba contemplando en ese momento. Como si tuviera que pedir disculpas por atreverme a pisar el pasto o mirar el cielo.
—Bestia —susurré con una sonrisa formándose en mi rostro. DeberÃa reÃrme a carcajadas, pensé. Tomé mi bolso negro y alcancé una tela rota que utilizaba como venda. La amarré en mi codo reprimiendo suspiros de dolor.
El frÃo comenzó a adueñarse de mi cuerpo y el hambre de mi estómago. SeguÃa agitada, pero me concedà un descanso y observé los troncos que, si pudiera apostarlo, llegaban hasta el cielo. Nunca, en mi vida, habÃa estado en un paisaje tan puro. Los rayos de sol entraban entre medio de las hojas de los pinos verdes y el agua del arroyo ni siquiera se movÃa. No habÃa aves, ni animales salvajes, solo un silencio tan severo capaz de dejarte sordo. También me permità verme a mÃ, repleta de barro, sangre y sudor. Mis botas marrones estaban negras y el trapo que tenÃa de abrigo se encontraba roto y estirado.
No podÃa volver a mi casa, no ahora. Los dueños y los clientes de la taberna me habÃan perdido de vista, pero no para siempre. Era cuestión de tiempo que me encuentren, tiempo justo para hundirme en el arroyo y limpiarme.
Me saqué todo lo que tenÃa puesto, desaté mi cabello negro, dejé mi espada cerca de la orilla y comencé a bañarme. A lo lejos observé la bolsa repleta de oro que habÃa robado, no pude mantener la mirada mucho tiempo. A veces, robar me daba culpa. Mi hermana solÃa decirme que la culpa siempre dependÃa de a quién se le quitaba lo suyo. TenÃa razón. Me retorcÃa la panza pensar que, capaz, el oro de una taberna podrÃa servirle a alguien más que a mÃ. Que, capaz, el dueño monstruoso de ese lugar tenÃa hijos que hoy no comerÃan. Se me ocurrió devolverlo, pero si lo devolvÃa, la hija de mi hermana seguirÃa desnutrida. Y ellos no perderÃan la oportunidad de clavarme una estaca.
Me dirigà a la orilla y salà rápido del arroyo. Me vestà y tomé mis cosas, el frÃo comenzó a paralizar mi mano. Observé más allá del agua: parecÃa que el paisaje se completaba en un nudo de árboles con unas luces intrépidas que no llegaban a ningún lado. PodÃa descansar ahÃ, en medio del silencio y en un laberinto de naturaleza que jamás iba a volver a ver.
Tomé el camino derecho que me señalaba el agua misma. Estaba consumida por el cansancio, la cabeza me dolÃa y la espada me pesaba. Observé un árbol enorme a unos metros, lo suficientemente grande como para poder recostarme y que nadie me encuentre. En realidad, dudaba de que cualquier ser vivo recorra este bosque. No lograba oÃr ni el canto de las aves, ni las pisadas de los animales, mucho menos la voz de una persona.
Sin embargo, detrás de mi pino elegido, en medio de arbustos, hojas y ramas, habÃa una cueva enorme entre un muro de árboles que no me dejaban ver hacia atrás. Di un paso hacia la cueva y miré hacia atrás: estaba lejos de casa, de mi choza, incluso de mi pueblo. TodavÃa sentÃa las miradas de los clientes de la taberna como una flecha en el pecho, no podÃa volver.
Miré nuevamente a la cueva, agarré mi espada y ajusté la lanza que llevaba en la funda de mi cinturón. SentÃa una profundidad inminente, como si la oscuridad me comiera y cada sonido que producÃa yo misma me ahogara. Coloqué un pie adentro y las llamas en los faroles de vela se encendieron al unÃsono. No grité. Aunque el miedo recorrÃa cada rincón de mi cuerpo, algo me llevó adelante.
Pasaron los minutos y seguÃa caminando, no sabÃa hasta cuándo ni tampoco por qué. No estaba segura de si la cueva tendrÃa algún final sorprendente o simplemente una pared marrón que me hiciera darme vuelta e irme de la cueva. Mi hermana me dirÃa que siga hasta averiguarlo, se preguntarÃa qué son esos faroles y por qué se encendieron solos. Yo estaba observando cada hueco por si habÃa algún objeto de valor que podrÃa llevarme. Pero, incluso concentrada en ello, sentÃa que iba a encontrarme con algo más que una pared de barro y tierra.
El último paso que di, movió la tierra bajo mis botas y me estremeció la columna entera. El único movimiento al que pude acertar fue tomar la empuñadura de mi espalda y sujetarla con presión. Frente a mis ojos, las paredes de la cueva temblaron, y se abrieron colina arriba, dejando caer gotas de tierra y darle paso a las ráfagas de luz del sol más brillantes que habÃa visto en mucho tiempo.
La cueva ya no era más una cueva, era una simple entrada a un jardÃn en la punta de una colina con una construcción tan grande que a muchos les darÃa terror.









